AUTOEXIGENCIA

En la brecha

            Hay que estar ahí, dentro de uno mismo dando la pelea. Es decir, hay que observar lo que pasa en nuestro interior, para ver en que nivel mantenemos la exigencia personal.   Hay que estar atentos a eso que llaman los condicionamientos y que no es otra cosa que permitir que los otros nos marquen el camino. ¿Somos tan exigentes con nosotros mismos como somos con los demás?

            La autoexigencia es una actitud de vida que conlleva el esfuerzo personal para alcanzar los objetivos. En otras palabras, es el compromiso que hacemos para conseguir los programas establecidos, pase lo que pase. Por lo tanto, implica hacer frente a las dificultades que van saliendo al paso.

            La persona autoexigente una vez que decide una cosa, no se detiene por nada. Es un tipo del temple del acero. No se enrolla con excusas y consideraciones conformistas. Se puso el listón y tiene que alcanzarlo. La comodidad y el confort tienen calculadas sus jugadas para ganar la partida, pero no les va a ser fácil ya que está en juego algo importante. Siendo autoexigentes, conseguiremos estupendos logros.

 

Haciendo caminos

         Convéncete, sin exigencia personal no se alcanzan grandes logros.¿Cómo lograr ser autoexigente? Te voy a recordar la historia de una semilla. En ella lo vas a aprender. Pon atención.

            Érase una vez una semilla pequeña. Era tozuda, nunca había podido dar fruto, pero, a pesar de todo, cada año pedía al sembrador: ¿Por qué no me siembras como el año pasado, me riegas un poco más y me dejas morir ? Verás como esta vez daré fruto.

            El sembrador la miraba... y siempre acababa por llevársela al campo. Allí la enterraba, la regaba con una pizca de esperanza en el corazón, y se iba a casa a pasar el invierno. Pero los años eran cada vez peores para la pequeña y tozuda semilla: la lluvia no caía a tiempo, el frío cerraba  con una capa de hielo la tierra y la semilla no podía germinar. Y allá, bajo tierra, se cerraba desesperanzada hasta el año siguiente.

            El sembrador cargado de buena fe, cuando llegaba el verano, iba al campo y después de buscarla, la limpiaba y la guardaba en el granero esperando el otoño. Entonces, cuando oía el lamento de la pequeña y tozuda semilla, la volvía a coger y una vez más la echaba al surco. Y soñaba que su semilla crecía y se multiplicaba en un puñado de espigas doradas.

            Un día, el sol apareció más sonriente que nunca y, sentado sobre la colina, contempló como la pequeña semilla sacaba la cabeza , después un brazo, y luego el otro, y finalmente aparecía toda ella, que estrenaba un bonito vestido dorado.

            Cuando al día siguiente el sembrador fue a dar una vuelta por su campo, observó en silencio aquella pequeña maravilla y dio gracias al cielo.

 

Picotazos sabios

               .   No hay error posible. Detrás de cada logro importante hay un senda llena de exigencia personal. No puede ser de otra manera. ¿Conoces alguna persona no exigente, consigo misma, que ha haya escalado grandes alturas? No hay ninguna.

               .   Hay que calificar como excelente el empeño de la semilla para dar fruto. En ningún momento aceptó que su vida fuera estéril y buscó nuevas oportunidades. Gracias a su tozudez no murió bajo  tierra.

               .  Sobresaliente también la actitud del sembrador. Una y otra vez sembraba la semilla haciendo frente a las circunstancias adversas. Gracias a su autoexigencia pudo disfrutar del milagro de los frutos.

                  .  ¿Conoces personas que apenas dan frutos? Pregúntale cual es su nivel de exigencia. Con seguridad que será bastante bajo. Ahí está la explicación de los fracasos.